Pico Hato desde Tejerina

Sobre la cima del Pico Hato


27/02/2021

Pasamos del ambiente invernal -que disfruté hace cuatro días en el Corcadas- a la frondosa vegetación seudo-mediterránea de Las Médulas hace tres y hoy, con un estupendo día primaveral, nos disponemos a recorrer el valle de Valdelascortes hacia el Pico Hato desde Tejerina.

Y si este puto virus no hubiera entrado en nuestras vidas, bien podríamos seguir esta racha por la costa asturiana o gallega, aprovechando los días de bonanza primaveral.

Desde Prioro, la carretera a Tejerina necesita trazar un gran arco para salvar la achaparrada Peña Hogaza que caminamos hace unos días, antes de entrar en el valle que riega las aguas del río Tejerina.

Tejerina se asienta en la ladera soleada entre las cimas del Pico Loto y las Peñas Prietas. Un pueblo que recoge los primeros rayos de sol para bañar sus casas y sus calles por donde corren las alocadas aguas provenientes de la montaña.

Un pequeño puente nos ayuda a cruzar el arroyo Corriello, antes de meternos en el Monte de la Vega, un robledal con ejemplares de gran tamaño por el que iremos ganando altura hasta el collado por el que entramos al valle de Valdelascortes. 

Ahora, con dirección norte, avanzamos entre las Peñas Sandinas y el Pico Loto (Peñaverada), hacia el collado que separa ambas cimas, desde donde arranca la pirámide cimera del Pico Hato.

Modesta cumbre de líneas agradables que nos sorprende con unas vistas espectaculares sobre las montañas que rodean al embalse de Riaño y sobre todo a las más cercanas cumbres que rodean el valle de Argovejo y Ocejo de la Peña.

Podríamos continuar hacia la cima del Pico Loto y recorrer su larga arista en busca de la cumbre norteña del Piedra del Agua para ver más próximas las aguas del embalse, pero el sol y la temperatura llama a descender al valle, a sentarse tranquilamente sobre sus praderías y a escuchar los alocados cantos de los pájaros que juegan a emparejarse, mientras las ovejas nos deleitan con la música de sus cencerros.

-Gana la segunda opción (por goleada!!!!!)



Tejerina.



Por el Monte la Vega
Algunos robles de gran tamaño
Y con los altos del Pico Loto escoltándonos.
Vista atrás: el Espigüete.
Y disminuyendo zoom, con el mismo Tejerina.
Collado que nos da paso al valle de Valdelascortes.
Con las Peñas Sandinas a la izquierda, el Pico Loto a la derecha y un pequeño Pico Hato que intenta dejarse ver por el collado.
Vista atrás, el valle de Valdelascortes.
Aproximándonos al refugio.
En el refugio, donde finaliza el camino-pista.
Peñas Sandinas.

Alcanzando el collado.
La pirámide del Hato (no es propiamente la cima, queda algo más atrás).
Las cimas que rodean a Argovejo y Ocejo de la Peña.
En el fondo del valle se asienta Remolina.
Peña Verde. Pico Cerroso, Peña Cevedo y Peña Blanca.
La Muga y los dos Jaidos (dos caras para una misma cumbre).
El collado por el que hemos pasado y que une las Peñas Sandinas y el Pico Loto.
Recuerdo el día que descendía del Hato hacia las Sandinas y toda la pradera estaba llena de ovejas. Muy, pero que muy bucólico y pastoril hasta que al intentar cruzar por el medio, aparecieron cinco o seis mastines a los que fue preciso convencer que solo quería pasar.
Hacia el embalse de Riaño.
Esta si es la cima.
El Yordas.
Pico Loto (Peñaverada) y Piedra del Agua.

Panorámica.

Desde la cima se ve Remolina.
Remolina.

Cima del Pico Hato.
Riaño.
De vuelta.
Por el valle de Valdelascortes.


De nuevo el Espi.

Otro refugio.
La Peñas Sandinas.





Monasterio de Santa María de Carracedo

 

No hay mejor cantera que un castillo abandonado.

O en su defecto un monasterio. Como el de Moreruela, el de San Pedro de Eslonza o el de Santa María de Carracedo.

Afortunadamente para este último, los trabajos de consolidación realizados a finales del siglo pasado sobre los restos que aún sobrevivían de este monasterio, han frenado el deterioro progresivo y permiten hacerse una idea de como fue en sus tiempos gloriosos.

Después de recorrer Las Médulas procedía, aprovechando la proximidad, acercarse hasta el monasterio de Santa María en Carracedo.

Bastantes años han pasado desde que hicimos nuestra primera visita con aquel pequeño que parecía irradiar magia entre sus manos cuando le sacamos una foto ante el monasterio.

Un lugar mágico, el paralelo 42, cargado de leyendas, historias, reliquias....
La magia de Santa María de Carracedo en las manos de Martín.

Esa fotografía no deja de ser una mirada parada en el tiempo, desde la que nos observa con ojos evocadores de un recuerdo pasado, de un tiempo que se une al presente por un delgado e invisible hilo, del que tiramos hasta sacar viejas imágenes de personas que ya son tan ajenas como fantasmas.

Santa María nos recibe con la soledad de una tarde de invierno y nos invita a recorrer sus dependencias con la tranquilidad de ser sus únicos visitantes.

Vista del monasterio desde el acceso donde se encuentra el parking.

Vista del monasterio desde el muro exterior del Claustro de la Hospedería.

La torre del la iglesia desde una de las ventanas del claustro.

Entrada a la sala capitular. De aquella no había Netflix (que conste que nosotros tampoco lo tenemos).
Sala capitular, el espacio donde se reunían todos los miembros diariamente para leer un capitulo de la regla adoptada por la comunidad.
Es un espacio amplio, con mucha luz y con una decoración simple pero esquisita.

Sala capitular.

Escaleras de acceso a la planta alta.

Cocina de la Reina.
Al contrario de su nombre, este espacio tan luminoso posiblemente sería utilizado como alojamiento del abab o como escriptotium.
La gran chimenea de la Cocina de la Reina.
Cocina de la Reina.





Puerta de acceso a la Cocina de la Reina
Tímpano en la puerta de acceso a la Cocina de la Reina.

Iglesia de Santa María de Carracedo desde el claustro del monasterio.


Claustro.
Claustro de la Hospedería.